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Relatos en el hospi II

  • 3 mar 2016
  • 1 Min. de lectura

Robertito no me podía escuchar y tampoco podía hablarme. Nos comunicamos, entonces, a través de otros lenguajes: la mirada, las sonrisas, los gestos y el origami. Saqué de mi cofrecito un papel y, primero, le mostré cómo hacer un barquito. Le gustó tanto que le hice otro, y lo usó como sombrero.

Después, con un vaso de plástico, hicimos una flor. Y gruyas. Y avioncitos que hicimos volar por toda la escuela. De a poco se fue animando a jugar él mismo con los papelitos y armó sus propias figuras, que venían de su mundo imaginativo, muy rico y abundante.

No me podía escuchar y tampoco podía hablarme. Pero con Robertito aprendí que el lenguaje a través del juego es tan mágico que se puede prescindir de esas formas de comunicación y, aun así, encontrarse con el otro desde un lado muy genuino.


 
 
 

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